Sobre la fúnebre flor
de una heroína rosa
se posa una mariposa
que la llena de color.
Y ni el intenso verdor
del follaje mullido
puede opacar el fulgor
de aquel capullo encendido.
Hace algún tiempo apagado
lucía el brote herido,
más hoy se asoma el afligido
vivo, hermoso y tornasolado.
Pues es hoy ménester
que brille más la llama
y una voz que sola aclama:
« ¡Ellas no pueden perecer!»
Y si alguna mano vil
la daga intentase asir
de un pimpollo, mil
volverían a vivir.
Raúl Banks.-